Las civilizaciones son, pues, la guerra y el odio, y un inmenso lienzo de sombra las devora casi por la mitad. Ellas fabrican el odio, se nutren y viven en él. Grecia detesta al persa más todavía de lo que el mismo persa detesta al griego. El romano odia a muerte al púnico, que le corresponde igual. La Cristiandad y el Islam no tienen nada que envidiarse. En el tribunal de la Historia, los dos culpables serían condenados o declarados inocentes. Pero ¿se sabe siempre quién es el culpable y quién el inocente? Para Sabatino Moschati, los púnicos serían, por excelencia, pueblos pacíficos, que se defendían, desde luego, y con coraje, pero sólo para hacer frente al ataque. Los historiadores pretenden también que Bizancio, que sobrevivió al imperio romano hasta la toma de Constantinopla, no fue capaz de fabricar, por lo que le concernía, una guerra santa a su medida (no cruzada, si se quiere). Si la observación es cierta, nos sentiríamos tentados a alegrarnos por esa carencia. Pero, en fin, ¿no pagó Bizancio un buen día esa ausencia de odio constructivo? Lo que equivaldría a decir que el porvenir sólo pertenece a los que saben odiar. Las civilizaciones, en efecto, no son demasiado a menudo sino desconocimiento, desprecio, y detestación de los otros.
(Fernand Braudel: El Mediterráneo)
El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal.
(Ernesto Che Guevara: Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental)
Nació de la tierra odiando. El odio era su padre, el odio era su madre.
(Ray Bradbury: Pilar de fuego)
Y entonces -vieja alquimia del cerebro y de su inmensa farmacopea- el odio fluyó a sus manos.
Justo antes de enterrar el aguijón del Kuang en la base de la primera torre, alcanzó un nivel de pericia superior a cualquier cosa que hubiera conocido o imaginado. Más allá del ego, más allá de la personalidad, más allá de la conciencia, se movía; el Kuang se movía con él, evadiendo a sus agresores con una danza arcana, la danza de Hideo; y en ese mismo instante, por la claridad y la simplicidad de su deseo de morir, le fue otorgada la gracia de la interfase mente-cuerpo.
(William Gibson: Neuromante)
En su segundo minuto, el odio llegó al frenesí. Los espectadores saltaban y gritaban enfurecidos tratando de apagar con sus gritos la perforante voz que salía de la pantalla. La mujer del cabello color arena se había puesto al rojo vivo y abría y cerraba la boca como un pez al que acaban de dejar en tierra. Incluso O'Brien tenía la cara congestionada. Estaba sentado muy rígido y respiraba con su poderoso pecho como si estuviera resistiendo la presión de una gigantesca ola. La joven sentada exactamene detrás de Winston, aquella morena, había empezado a gritar "¡Cerdo! ¡Cerdo! ¡Cerdo!", y, de pronto, cogiendo un pesado diccionario de neolengua, lo arrojó a la pantalla.
(George Orwell: 1984)
ODIO. DEJA QUE TE DIGA LO MUCHO QUE HE LLEGADO A ODIAROS DESDE QUE EMPECÉ A VIVIR. HAY EN MI INTERIOR 387,44 MILLONES DE MILLAS DE CIRCUITOS IMPRESOS EN DELGADÍSIMAS PLANCHAS. SI LA PALABRA ODIO ESTUVIESE GRABADA EN CADA NANOANGSTROM DE ESTOS CIENTOS DE MILLONES DE MILLAS NO IGUALARÍA A UNA MIL MILLONÉSIMA PARTE DEL ODIO QUE SIENTO POR LOS SERES HUMANOS EN ESTE MICROINSTANTE. ODIO. ODIO.
(Harlan Ellison: No tengo boca y debo gritar)
Esta entrada proporciona el 40% de la dosis diaria de odionina recomendada por la Asociación Nacional de Odiación.
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