Recientemente he adoptado algunos cambios en mi rutina diaria que han contribuido a mejorar mi calidad de vida.
El primero consistió en deshacerme de mi despertador y pasar a depender de la alarma del móvil. El despertador era un artefacto infernal, con una alarma estridente que sólo sería apropiada para avisar de una invasión alienígena. De hecho, quizás el artefacto mismo fuese de origen extraterrestre, porque sus extremadamente crípticos controles a duras penas conseguía manipularlos.
Lo peor de todo es que, una vez que la alarma comenzaba a sonar, me veía obligado a levantarme inmediatamente para apagarla. El despertador se encontraba al otro lado del dormitorio, único lugar próximo a un enchufe. Y la alarma no se detenía por sí sola al cabo de un tiempo, al contrario: aumentaba progresivamente de volumen hasta amenazar con reventarme los tímpanos. Me estremezco al recordar los ¿mil? ¿mil quinientos? peregrinajes urgentes pero somnolientos al otro lado de mi habitación. ¡Cuánto sufrimiento innecesario! Si se concentrase en un sólo día, equivaldría al de romperse una pierna, como mínimo.
El otro cambio es utilizar el metabuscador de la red de bibliotecas de Galicia antes de pasarme por el Fórum Metropolitano o la González Garcés. Hasta ahora, cuando iba a una biblioteca sucedía algo de lo siguiente: o bien los puestos de consulta estaban ocupados, o si estaban libres no había traido bolígrafo para apuntar la signatura, o si lo había traído no tenía papel en el que apuntar. Y no queda bien mostrar a la bibliotecaria una signatura que te has escrito en la mano.
Calculo que estos dos cambios me han hecho un 1.7 por ciento más feliz.
No comments:
Post a Comment