En general, lo nuevo -ya se trate de un objeto o de una idea- posee una cualidad abrasiva sumamente desagradable. Sólo una vez que sus aristas han sido pulidas por el roce del Tiempo, lo nuevo pasa a ser medianamente aceptable y podemos tolerar su presencia sin fruncir el ceño. (Ya sé que existen fetichistas de lo nuevo, pero pervertidos los hubo en todas las épocas.)
De ello se deduce que todo acto de creación es de mal gusto. Pero si uno, empujado por el orgullo o la imprudencia, se empeña en crear algo, ¿cómo hacerlo con la mayor delicadeza posible, para minimizar la irritación causada al tejido de nuestro cosmos exangüe? La solución obvia es hacer pasar lo nuevo por antiguo.
Así pues, tu radical e innovador movimiento político-social debe presentarse como la largamente demorada recuperación de alguna Edad de Oro situada en el pasado, real o imaginaria. Si eres arquitecto, que tus edificios semejen ruinas, y pasen a estar abandonados desde su misma inauguración. En ese aspecto, La Cidade da Cultura me parece injustamente denostada. Sospecho que, en el fondo, el estímulo cultural que se pretendía es el que las ruinas suscitan en la imaginación romántica.
Y si eres escultor, que tus novísimas estatuas parezcan provenir del saqueo de alguna capital antiquísima. Se diría que ésta es la aproximación de Igor Mitoraj, cuya obra puede contemplarse en la la plaza de María Pita:
(foto sacada de este artículo en Galicia-Hoxe.com)
Las figuras esculpidas por Mitoraj a veces parecen estar envueltas en sudarios o vendajes, lo que refuerza el efecto.
Edit: "El roce del Tiempo" (Time's rub) es el título de un relato de Gregory Benford sobre la entropía, la inmortalidad, la identidad, y la paradoja de Newcomb.
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