Esta mañana mi padre vio a un avestruz importunar a un cerdo. El puerco estaba tan feliz retozando en su barrizal cuando el avestruz se le acercó y comenzó a asestarle picotazos. Y los picotazos de avestruz no son moco de pavo.
En vez de la reacción furiosa que cabría esperar, la víctima se limitó a emitir sin demasiada convicción periódicos gruñidos lastimeros. Y nada más, ya que la molicie del puerco se impuso a su incomodidad y le llevó a permanecer, estoico, en su barrizal, que otrora fuese Edén.
Al parecer la escena resultaba tan hilarante que mi padre y la demás gente que le acompañaba no pudieron contener las carcajadas. Todo el mundo que pasaba por el lugar se detenía un buen rato a contemplar el espectáculo.
Aunque me hubiese gustado estar allí, la hilaridad animal tiene sus peligros. Recordemos que, según la leyenda, el filósofo estoico Crísifo murió de risa mientras contemplaba a un burro borracho que intentaba comer unos higos.
Ojalá ningún avestruz furioso se entrometa en nuestros lodazales particulares. Y si lo hace, al menos que no haya testigos.
No comments:
Post a Comment