Recibir los resultados de un análisis de sangre me enerva sobremanera.
No sólo porque el colesterol esté muy alto (que lo está) o los leucocitos muy bajos (que no me acuerdo si lo están o no). Es más bien el descubrir que tu sange no es una substancia simple, sino una mezcolanza de fluidos diversos en delicado equilibrio.
Aunque todos los numeritos se mantengan dentro de los límites recomendados, la mera constatación de tu pluraridad sangínea basta para recordarte lo efímero y poco esencial que es tu cuerpo. Lo que tiene partes se descompondrá algún día, y por si fuera poco está sujeto a paradojas sobre su identidad, como la del barco de Teseo. Por cierto, en nuestros cuerpos hay más bacterias que células propiamente humanas.
Por las venas de los dioses olímpicos fluía una sangre enrarecida e incolora. Las analíticas que se hiciese Apolo no le harían preocuparse por los triglicéridos o la bilirrubina. Como mucho, habría una línea avisando de excesivos niveles de icor, que podrían resultar venenosos, no al mismo dios, sino a los mortales cuya sangre salpicase.
Me desagrada tener estructura interna. Por dentro yo quiero ser de barro, como los golems del folclore judío. En mi opinión, los cuerpos de Adán y Eva deberían haber seguido siendo barro después de su creación. ¿Cómo habría transcurrido el crimen de Caín si Abel no hubiese tenido sangre, la cual -una vez derramada- clamase a Dios por justicia? ¿Habría permanecido Caín impune?
Y ya que hablamos de la sangre de Abel, apuesto a que tenía el colesterol alto. Recordemos que Abel era pastor, y ofrecía a Dios sacrificios de carne. Caín en cambio era agricultor y probablemente seguía una dieta mucho más sana, aunque menos sabrosa.
Uno se siente tentado a reescribir Génesis incluyendo una forma alternativa de pecado original, que tuviese que ver más con la simple gula que con el ansia de conocimiento o de igualarse a Dios. Después de todo, cuando salimos a la calle nos encontramos con más obesos que Faustos. De manera análoga, el asesinato de Abel podría reinterpretarse como el producto de una rivalidad entre cocineros que compiten por la atención de un cliente muy selecto (o de tres, según se mire). La hipercolesterolemia sería entonces la marca de Caín.
Tengo que dejar de comer tanto chorizo.
Edit: un bonito recordatorio del horror de la carne, y de lo deseable que resulta tener un cuerpo mineral, o incluso etéreo, se puede encontrar en el relato de Terry Bisson They're made out of meat.
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