Con el siglo VIII y, definitivamente, el siglo IX las violentas persecuciones religiosas instituidas por los confucianos, de las que también hemos hablado, quebraron la prosperidad de la orden [budista] en China, sin poder aniquilarla de forma total y permanente. [...] Los oponentes más decisivos fueron fueron lógicamente los literatos confucianos. Frente a sus tesis -que el deber y no el miedo y la esperanza de la recompensa y castigo transcendental deben ser la fuente de la virtud, que la devoción para obtener la remisión de los pecados no era expresión de la verdadera piedad, y que el nirvana idealiza la inactividad- los apologetas del budismo replicaron que que el confucianismo sólo mostraba consideración por el mundo actual o, a lo sumo, por la felicidad de los descendientes, pero no por el más allá futuro. Afirmaban, además, que el cielo y el infierno eran el único medio disciplinario efectivo de la virtud humana.
(Max Weber: Ensayos sobre sociología de la religión)
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